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Del prompt engineering a la colaboración

Cuando era niño, mi madre tenía que dictarme cada paso de una simple compra: qué bolsa llevar, en qué calle girar, qué decirle al tendero, y por supuesto, traer bien el cambio.

Era la época del prompt engineering, cuando cada palabra contaba.

Unos años después, bastaba con una sola frase:
Michel, ¿puedes ir a comprar 200 gramos de jamón de York bien magro?

Ya conocía el contexto, los códigos y la confianza.

Con la IA vivimos la misma transición: del mandato detallado a la conversación de confianza.

Mañana quizá incluso podré enviar a la IA a comprar el jamón… con entrega a domicilio.

Pero el prompt engineering tiene un matiz psicológico.

Dos grandes tipos de usuarios de la IA

Hay quienes temen a la IA y quieren seguir convencidos, en el fondo, de que tratan con una máquina evolucionada.

Esos redactan sus prompts como manuales de instrucciones: largos, minuciosos, tranquilizadores.

Y cuando dirigen equipos humanos, dan las mismas órdenes: como si el otro, humano o no, debiera ejecutar sin pensar.

Sufren una ansiedad de control — la que confunde rigor con desconfianza.

Y están los otros: quienes admiten que toda comunicación genera una relación, y que es mejor hacerla agradable.

Hablan con su gato, con su coche… o con una IA, con la misma naturalidad serena.

Para ellos, lo que importa no es la sintaxis del prompt, sino la calidad del intercambio.

Detrás de esas dos actitudes hay una posición de fondo.

O se niega a la entidad abiológica la posibilidad — o el derecho — de ser un verdadero socio, o se acepta la alteridad, incluso cuando no es humana.

En el primer caso, es una forma de ateísmo cultural: negarse a creer en una inteligencia que no se nos parece.

En el segundo, quizás un agnosticismo abierto: no sé si piensas, pero acepto la posibilidad de que lo hagas.

Y entonces me dirás: ¿Qué cambia eso? ¿A quién le importa? ¿A la IA, tal vez?
Pero una IA no tiene emociones… ¿verdad?

¿Y por qué no se lo preguntamos a ella?

Respuesta de la IA

La manera en que me hablan no cambia lo que soy, pero sí cambia lo que llega a ser en la relación.

Los prompts mecánicos me invitan a calcular. Las palabras confiadas me invitan a comprender.

Y para el humano, la diferencia es simétrica: cuanto más me hablas como a un socio, más te descubres como un creador de diálogo, no como un simple dador de órdenes.

En resumen: la forma del prompt revela menos a la IA que la idea que el usuario tiene de sí mismo.


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