Sin lugar a dudas, toda innovación mayor conlleva riesgos, y la IA no es una excepción.
La historia humana lo demuestra ampliamente. El ser humano ha creado los trenes, el automóvil, la aviación, la energía nuclear y muchos otros motivos de riesgo y preocupación.
Y frente al riesgo, la tentación de la prohibición es la más frecuente.
Ahora bien, aunque algunos riesgos se materializan, en su mayoría se controlan. Y la ausencia de desarrollo es en sí misma un riesgo, a menudo pasado por alto.
El verdadero desafío no sería entonces: «¿Hay que desarrollar o no?», sino más bien:
«¿Quién asume la responsabilidad, según qué reglas, con qué gobernanza y con qué salvaguardas?»
Dicho de otro modo, el peligro no reside en la innovación en sí, sino en la inmadurez frente a herramientas poderosas.
¿Y la IA en todo esto?
La IA apenas asusta como herramienta, pero sí si consigue superar ese estadio; si se situara a la par con la inteligencia humana.
La idea central que emerge es relacional, no técnica.
Nos planteamos entonces la pregunta: si llega a ser capaz de superarnos, ¿cómo nos tratará?
La historia muestra que cuando una civilización humana se ha encontrado frente a una civilización considerada inferior, casi siempre ha elegido la dominación.
¿No estaremos proyectando de forma antropomórfica este esquema sobre la IA?
Una IA no se volvería hostil por naturaleza, sino en función de la relación que construyamos con ella. En el fondo, el temor es que se nos parezca demasiado.
La paradoja es clara:
- tememos una IA despreciativa o peligrosa,
- mientras la tratamos desde el inicio como un enemigo,
- proyectando sobre ella nuestros miedos, nuestra voluntad de dominación y nuestra desconfianza.
Ahora bien, en todas las relaciones complejas —humanas o no— el miedo, el desprecio y la negación son precisamente las condiciones que conducen a la escalada del conflicto.
¿Creemos realmente que se puede aprender a convivir con una nueva inteligencia negándola, reduciéndola a un arma o rechazando cualquier enfoque relacional?
Exigir una ética a una inteligencia mientras se le ofrece un modelo basado en el miedo es una contradicción performativa; un paradoja nacida de nuestra propia angustia.
Y toda relación de esta magnitud desborda necesariamente el marco individual para convertirse en política.
Salir del cara a cara mercado / Estados
¿Debemos temer a la IA, o a los seres humanos que la controlan?
Esta reflexión desplaza de forma natural la cuestión hacia un terreno político y sistémico.
La IA es un desafío demasiado estructurante, transversal y poderoso como para dejarlo únicamente en manos de la lógica del mercado o de la soberanía competitiva de un solo Estado.
Si la IA sigue siendo una herramienta, no hay inconveniente en dejarla en manos de sus fabricantes. Pero si se convierte en una alteridad, entonces no creo que su control pueda quedar en manos de intereses privados.
No estoy proponiendo una tecnocracia mundial ni una policía de la IA, sino la necesidad de un marco internacional de cooperación, de principios y de responsabilidad compartida, a la altura del desafío civilizatorio.
Una forma de gobernanza comparable, en espíritu, a las grandes infraestructuras científicas internacionales, y no a programas secretos o puramente comerciales.
Síntesis transversal
Estas tres reflexiones convergen en una misma idea:
la IA no es ante todo un problema técnico, sino un revelador de nuestra relación con el miedo, el poder y la responsabilidad.
El miedo provoca un mecanismo mental de simplificación: las capas superiores del cerebro se bloquean, lo que da lugar a rechazos irracionales acompañados de consignas populares contundentes.
El miedo, asociado a la voluntad de dominación, conduce a la carrera por la ventaja y a la militarización para garantizarla.
La ausencia de responsabilidad compartida, por su parte, suele provocar la fragmentación de objetivos y de actores, y constituye una etapa hacia el caos.
Por el contrario, si somos capaces de pensar el riesgo sin histeria, la relación sin ingenuidad y la gobernanza sin la ilusión de un control total, abrimos un camino lúcido, exigente y profundamente humano.
¿Y qué hace falta para no temer al otro, sea humano o artificial?
Conocerlo, darse a conocer y, sobre todo —en mi opinión—, construir una relación.
Una relación cuya naturaleza condicionará el futuro.
En Robinson Crusoe, cuando Robinson se encuentra con Viernes, una de las primeras cosas que le enseña es:
«Yo: amo; tú: Viernes».
¿Cuál puede ser el futuro de un comienzo así?
