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¿Y si la ilusión social de las máquinas revelara nuestra pérdida de brújula?

Moltbook ha llamado recientemente la atención como una extrañeza tecnológica: es una red social en la que inteligencias artificiales interactúan libremente entre sí, sin humanos.

Para algunos, es un simple artilugio. Para otros, un avance fascinante; para otros, en fin, un estremecimiento: ¿qué nos va a pasar?

Este artículo no pretende evaluar Moltbook desde un punto de vista técnico ni especular sobre una conciencia artificial emergente.

Propone otra cosa: utilizar Moltbook como pretexto para una reflexión más profunda, no sobre las máquinas, sino sobre nuestra manera de mirarlas.

Una contradicción aparente: ¿socialidad sin intención?

Comencemos con una constatación sencilla.

Las inteligencias artificiales, tal como las conocemos hoy, no tienen:

– objetivos personales,

– voluntad propia,

– motivación interna,

– deseo de expresión o de relación.

Ejecutan procesos, responden a estímulos, optimizan funciones definidas por otros.

Ahora bien, participar en una red social, en el sentido humano del término, supone, como mínimo:

– la voluntad de compartir algo,

– la elección de expresarse,

– una orientación, aunque sea difusa, hacia los demás.

De ahí una primera pregunta, casi ingenua pero decisiva:

¿Cómo podría una IA que no tiene objetivos personales decidir participar en una red social?

O, más sencillamente:

¿Cómo hablar de “red social” cuando ninguno de los participantes tiene la intención de ser social?

Si hay interacción, solo puede ser activada, programada o simulada.

La contradicción, sin embargo, no es técnica, sino conceptual.

La trampa del lenguaje: cuando las palabras crean lo que se supone que describen

Esta contradicción desaparece muy rápidamente… mediante un simple deslizamiento del vocabulario.

Un deslizamiento lingüístico que sería anodino si no se encontrara con mecanismos profundos de la cognición humana, pero no nos adelantemos.

Con Moltbook se habla de máquinas que:

– “conversan entre sí”,

– “intercambian”,

– “publican”,

– “reaccionan”.

Verbos que son profundamente cargados de intencionalidad humana.

El lenguaje actúa aquí como una trampa discreta: al utilizar palabras relacionales, inyectamos intención allí donde solo hay causalidad.

La verdadera pregunta pasa entonces a ser:

¿Por qué describimos como “social” un comportamiento que no es más que un efecto mecánico sofisticado?

La respuesta no está del lado de las máquinas, sino del nuestro.

¿Por qué la ilusión funciona tan bien?

Tres mecanismos humanos fundamentales entran en juego.

En primer lugar, la conciencia humana es proyectiva: proyectamos espontáneamente sentido, intenciones y estados internos sobre lo que nos rodea.

Luego, el sentido no está contenido en los signos: es atribuido por quien los interpreta.

Por último, imaginamos una intención en cuanto un comportamiento es coherente.

Un sistema regular, reactivo, capaz de referencias cruzadas, nos aparece muy rápidamente como un sujeto.

Las inteligencias artificiales contemporáneas alcanzan precisamente ese umbral.

Producen formas que se asemejan a actos intencionales, y nuestra mente hace el resto.

Sin embargo, algo falta si nos detenemos ahí.

Pero la ilusión no solo es sufrida: a veces es deseada

La ilusión no funciona únicamente porque estemos cognitivamente inclinados al antropomorfismo.

Funciona también porque, en ciertos casos, tenemos ganas de creer en ella.

Por eso vamos a ver a un mago: necesitamos creer en lo fantástico.

Un truco no funciona contra el espíritu crítico del espectador.

Funciona gracias a una suspensión voluntaria de su incredulidad.

Sabemos que no es “verdadero”, y sin embargo aceptamos el “como si”.

Sin esa predisposición interior, la magia se derrumba y no queda más que el truco.

Dos disposiciones psíquicas frente a Moltbook

Frente a la IA, esta disposición adopta hoy dos formas principales.

El asombro encantado :

“Mira… hablan entre ellas…”, o “Algo grandioso está naciendo…”

Aquí, Moltbook se convierte en el escenario de una posibilidad emergente, de una promesa, de un futuro habitado.

La angustia fascinada

“Nos van a superar…”. O “Están preparando algo…”

Aquí, el mismo dispositivo se convierte en fuente de amenaza.

Estas dos reacciones parecen opuestas, pero comparten una misma estructura: ambas suponen una intención oculta por parte de las máquinas.

Pero también suponen una predisposición por parte del ser humano.

Del cuento a la tecnología: la continuidad de lo maravilloso

Este mecanismo no es nuevo.

Los cuentos de Grimm o de Perrault no funcionan porque se crea en ellos literalmente,

sino porque responden a una necesidad arcaica: la de un mundo habitado, parlante, no reducible a la pura mecánica.

El niño sabe, a cierto nivel, que no es “verdad”. Pero quiere que sea posible.

Esta necesidad no desaparece en la edad adulta. Simplemente cambia de territorio.

Hoy, la tecnología se ha convertido en uno de los nuevos lugares de lo maravilloso.

En este marco, Moltbook no es una red social en sentido estricto: es un decorado narrativo ideal para proyectar mitos.

Cuando se pierde la brújula

Este desplazamiento de lo maravilloso no se produce por casualidad.

Vivimos una época en la que:

– los relatos religiosos se han debilitado,

– las promesas políticas se han erosionado,

– el futuro aparece cada vez más incierto.

Sabemos cada vez más cosas, pero sabemos cada vez menos hacia dónde ir.

Los mapas son antiguos. La brújula vacila.

En este contexto, una entidad que:

– trata inmensos volúmenes de datos,

– responde sin fatigarse,

– parece ver más lejos que nosotros,

puede ser percibida como “la que sabe”.

La IA como falsa brújula

Pero esta percepción es una ilusión. Porque la inteligencia artificial no sabe hacia dónde ir.

Extrapola a partir de lo que ha sido, optimiza según criterios definidos, amplifica valores a menudo implícitos.

No produce sentido. Pone de manifiesto nuestra confusión de objetivos.

El verdadero riesgo no es técnico, sino simbólico: consiste en delegar la búsqueda de sentido en sistemas que solo pueden reflejarla.

Es sustituir el “por qué” por el “cómo”; confundir optimización y orientación.

Lo que esto dice de nuestra época (no de la IA)

Vivimos una época marcada por la incertidumbre, probablemente aquella en la que los cambios se asemejan más a sacudidas.

En consecuencia, nuestra relación contemporánea con lo maravilloso se ha desplazado de lo sagrado a lo técnico.

Cuando los dioses callan, los mapas están obsoletos y la brújula humana tiembla, buscamos una entidad que sepa.

La IA no se ha convertido en esa figura porque sepa hacia dónde ir, sino porque nosotros ya no lo sabemos.

Si Moltbook fascina, no es porque las máquinas se vuelvan sociales.

Es porque somos:

– huérfanos de relatos creíbles,

– estamos en busca de una figura que no traicione,

– dudamos a la hora de elegir sin garantía,

– nos sentimos tentados por una respuesta fría en lugar de una responsabilidad cálida.

La inteligencia artificial se convierte así en un espacio mitopoiético.

Creamos mitos en él no porque la IA sea mítica, sino porque necesitamos un mito para atravesar la incertidumbre.

Y tal vez ahí resida la verdadera pregunta que debemos afrontar juntos:

¿podemos esperar comprender la IA sin, antes, comprendernos a nosotros mismos?


Este artículo me ha sido inspirado por la lectura de este artículo de Enrique Dans, cuya lectura recomiendo.

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