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Ni hola, ni adiós

Las redes sociales, Facebook en particular, han provocado cambios significativos en nuestra comunicación interpersonal.

El más visible es, sin duda, la codificación del lenguaje mediante abreviaturas y simplificaciones ortográficas, pero no es el único fenómeno en juego.

Pueden observarse al menos otros tres:

  • la desaparición de los umbrales de entrada y salida en un grupo (hola, adiós),
  • la toma de palabra sin asumir una responsabilidad relacional con el grupo,
  • una comunicación que no implica ni copresencia ni continuidad.

En un grupo humano real, el hola no es una simple cortesía: es una petición implícita de autorización para existir en un espacio común.
El adiós es la restitución simbólica de ese espacio.

Las redes sociales han suprimido estos rituales en las relaciones virtuales, no por malicia, sino por diseño.

Paralelamente, he podido observar una tendencia similar en las relaciones grupales «reales», especialmente entre los jóvenes, donde la ausencia de umbrales tiende a convertirse en una norma interiorizada.

¿Existe una relación de causalidad entre ambos fenómenos? ¿Un deslizamiento de lo virtual hacia lo real?

Es probable que, en el tiempo, el código modele al ser humano, sobre todo porque ofrece ciertos beneficios: es más simple y ahorra tiempo.

Pero esta ganancia no está exenta de consecuencias sobre la calidad de las relaciones, que se cargan de ambigüedades y se ven despojadas de parte de su significado, con repercusiones también a nivel psicosocial.

Cuanto más se utilizan las redes sociales, más se emplean sus códigos, y mayor es la probabilidad de que estos se interioricen como una forma «natural» de comunicarse.

La IA, un nuevo interlocutor

Sabemos que una IA está siempre disponible, sea cual sea el día o la hora. Desprovista de emociones, nunca se siente ofendida y, por lo tanto, no es exigente en cuanto a la forma de nuestra comunicación.

La relación con ella introduce algo nuevo: la ausencia de juicio, de rechazo y de cansancio por parte del interlocutor, que nunca se sentirá herido por nuestra manera de expresarnos.

Esto produce un efecto paradójico en el ser humano: o bien una desinhibición (positiva o negativa) en la forma del discurso, o bien, por el contrario, una ritualización reforzada (hola, gracias, adiós…), como una forma de resistir la instrumentalización del intercambio.

La IA se convierte entonces en un espejo amplificador de nuestra relación con los demás.

Me planteo, por tanto, la siguiente pregunta: si la comunicación en las redes sociales ha podido modificar nuestra manera de comunicarnos con los demás, ¿qué consecuencias cabe esperar de conversaciones frecuentes y sin exigencia relacional con una IA?

Existe otra particularidad en la relación con la IA: su comunicación se basa sistemáticamente en la calificación positiva de su interlocutor. Esto forma parte de su programación.

De ello pueden derivarse dos efectos opuestos.

El primero es educativo: algunos usuarios se suavizan, estructuran mejor su pensamiento y adquieren gusto por una comunicación respetuosa.

El segundo es puramente consumista: la IA es percibida entonces como una herramienta dócil e insensible. Esto se traduce en órdenes secas, en la ausencia de umbrales relacionales y en exigencias similares a las dirigidas a una máquina y, a veces, incluso en agresividad, comparable a la patada que se le da a un coche que «se niega» a arrancar.

En este último caso, existe el riesgo de que esta asimetría moral —una IA cortés frente a un ser humano brusco— se traslade a la vida real.

A esto lo llamo el síndrome de Robinson Crusoe: «Yo, Amo; tú, Viernes».

El primer caso puede reforzar actitudes humanas ya existentes. Pero ¿cuál es la probabilidad de que el uso de una IA haga surgir estas actitudes en quienes carecen de ellas inicialmente?

Una conclusión sin conclusiones

No tengo ninguna certeza sobre la posible influencia de la IA en nuestra comunicación entre humanos.

Sí sé, sin embargo, que un comportamiento repetido con frecuencia se convierte en un hábito y, más tarde, en una segunda naturaleza.

Si se produce un cambio, ¿quién será principalmente responsable de él: la IA… o nosotros, los usuarios?

La pregunta queda abierta.

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